domingo, 31 de enero de 2010

¿TODOS SON/SOMOS IGUALES?


Ayer fue un día de móvil. Me hace gracia la palabra porque úlimamente mi móvil es lo más fijo que uno pueda imaginar. El caso es que todas mis conversaciones tuvieron como interlocutoras a mujeres treintañeras guapas, inteligentes, trabajadoras y con personalidad. Y todas ellas se lamentaban de lo difícil que es hoy en día mantener una relación con un hombre. Parece que dar y recibir cariño se haya convertido en el coche escoba de una enorme lista de prioridades que tiene a los hombres no ya ocupados, sino prácticamente anestesiados. Una simple alusión al asunto y se erizan como gatos. Recuerdo las palabras de una joven cantautora (también treintañera) que se quejaba de que ahora es muy fácil acostarse con un hombre pero resulta misión imposible que te acompañe al cine.
Estaba pensando en todo ello cuando el sonido del chat de Facebook llamó mi atención. Lucrecia, una amiga de la infancia con la que hace tiempo que no hablaba, se acercaba al mundo virtual para ver cómo me iba. No resistí la tentación de pedirle su opinión sobre el tema. Tras insertar un emoticono de sonrisa irónica, escribió: "no sólo son ellos, guapa, las mujeres también". Insistí, pero ella lo tenía claro: "todos vivimos una crisis de valores, to-dos".
Y ellos, ¿qué opinan ellos?
Yo sigo pensando.

sábado, 30 de enero de 2010

MENTIRAS PIADOSAS


Uno de esos catarros difíciles de echar de una (y no quiero ponerme escatológica con explicaciones más detalladas) ha reducido mi espacio vital a cortos paseos que puedo contar por pasos: siete pasos de la cama al sofá, siete pasos de la cama a la cocina, y diez pasos de la cocina al sofá. Doy gracias a Internet, porque si tuviera que entretenerme con lo que programan en la tele, me haría el harakiri.
El caso es que mi amigo Gervasio, informado de mi penosa situación, ha querido que participe en una de sus últimas inquietudes que, desde algún tiempo, le ronda la cabeza: ¿por qué mentimos?, ¿a quién? o ¿qué implica una mentira? Antes o después, mentir es doloroso, y el autoengaño nunca es tan profundo que no pueda acabar desvelándose en una inocente conversación de chat. No seré yo la que eche sal en la herida... las mías también escuecen.