Uno de esos catarros difíciles de echar de una (y no quiero ponerme escatológica con explicaciones más detalladas) ha reducido mi espacio vital a cortos paseos que puedo contar por pasos: siete pasos de la cama al sofá, siete pasos de la cama a la cocina, y diez pasos de la cocina al sofá. Doy gracias a Internet, porque si tuviera que entretenerme con lo que programan en la tele, me haría el harakiri.
El caso es que mi amigo Gervasio, informado de mi penosa situación, ha querido que participe en una de sus últimas inquietudes que, desde algún tiempo, le ronda la cabeza: ¿por qué mentimos?, ¿a quién? o ¿qué implica una mentira? Antes o después, mentir es doloroso, y el autoengaño nunca es tan profundo que no pueda acabar desvelándose en una inocente conversación de chat. No seré yo la que eche sal en la herida... las mías también escuecen.
El caso es que mi amigo Gervasio, informado de mi penosa situación, ha querido que participe en una de sus últimas inquietudes que, desde algún tiempo, le ronda la cabeza: ¿por qué mentimos?, ¿a quién? o ¿qué implica una mentira? Antes o después, mentir es doloroso, y el autoengaño nunca es tan profundo que no pueda acabar desvelándose en una inocente conversación de chat. No seré yo la que eche sal en la herida... las mías también escuecen.

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